¿Qué te llevó a empezar a expresarte a través del arte?
Aburrirme en clase. El tedio de las horas en las aulas de primaria empujó una necesidad en mí de expresarme dibujando en los márgenes de los libros del colegio. Aquellos garabatos, que debo tener guardados en alguna caja con polvo, fueron el primer encuentro con las posibilidades del arte, siendo al mismo tiempo un bálsamo para la vida y una forma propia de habitarla.
¿Cómo describirías quién eres a través de lo que haces?
Un culo inquieto. En los albores del surgimiento de la IA y un futuro robótico cercano, me sigue fascinando y me apasiona la complejidad motora y sensorial del cuerpo humano. Utilizar el entramado de tendones, músculos y huesos que son las manos, bajo el timón del sentido y las velas de la pasión, es fuente inagotable de disfrute personal. Es bailar con movimientos improvisados que te recuerdan la plasticidad del cuerpo al mismo tiempo que compones la música con la que vibras. Que le den a scrollear.
Si alguien solo viera tu trabajo, ¿qué crees que entendería de ti o de tu forma de ver el mundo?
Me asusta pensar que alguien pueda entenderme viendo alguna de mis obras. Incluso aunque viesen todo lo que he hecho, me gustaría pensar que solo accederían a ver fragmentos de una totalidad. Aunque sin duda hay una verdad más o menos explícita en mi forma de hacer las cosas que revela quién soy y cómo me relaciono con el mundo.
¿Cómo te hace sentir crear en el espacio urbano?
Algo que me gusta de ver a un niño pequeño que disfruta dibujando es que rara vez su dibujo cabe en el papel. Si le dejas que se exprese no tardará en pintar el suelo y las paredes porque aún no han forzado en él una definición concreta de lo que es el arte. Intervenir en el espacio urbano es recordar esa emoción infantil y ver el mundo como un lienzo. Aunque mis intentos con el grafiti han sido infructuosos —mi curva de aprendizaje se bloquea bajo la presión de una intervención rápida— cuando cae un Edding en mis manos tengo etapas de escribir versos de mi bloc de notas del móvil en las paredes de los baños que visito. Poesía con olor a orina.
¿Qué cosas del entorno, la calle, lo social o lo personal suelen inspirarte para crear?
El demonio está en los detalles y la gente es mi mayor inspiración. Tengo la costumbre de ir escuchando música en la calle, sin embargo, en el transporte público, aunque no me quite los cascos paro la reproducción y observo a mi alrededor. No hay instrucciones para sobrellevar las complicaciones diarias de la rutina en el mundo del capitalismo postindustrial pero pararse un momento a observar cómo otros lo hacen te devuelve una verdad de peso: no estás solo.
¿Qué historia hay detrás de la obra que presentas?
Lamentablemente, una cosa es visitar Barcelona y otra es vivirla. Los años que viví en ella me enseñaron con tristeza que todos los problemas de una gran ciudad mediterránea están atravesados sin piedad por el turismo. No es un paisaje de fondo en la realidad del día a día, sino un monstruo hambriento que devora cada baldosa urbana. Y en cada calle que conquista no alza una bandera, sino un menú en varios idiomas. Es así por muchas razones, sin embargo, en Barcelona, en el espejo infinito de los escaparates de las tiendas de imanes no se habla de alcohol barato y playa, sino que en el simulacro baudrillardiano de la ciudad, el trencadís gaudiniano es un filtro de Instagram que ya ni siquiera remite a su realidad original.
¿Por qué decidiste compartir justo esa pieza?
Cuando planteé el trabajo quería hacer algo que hablara de esa hiperrealidad. Una imagen que defendiera los símbolos y sirviese de recordatorio de la fragilidad de estos si no se protegen. Una camiseta turística para una tienda que no vende a turistas.
¿Cómo influye Barcelona en tu trabajo?
Barcelona influye en mi vida como una advertencia constante de lo fácil que es perder la esencia. En mi día a día significa que aceptar pagar tres euros por un café implica contribuir a la —no tan lenta—destrucción del tejido urbano y las comunidades que habitan, dan forma y vida al sentido de los centros urbanos. En mi trabajo, Barcelona encarna la resistencia a asumir influencias externas en mi visión personal de cómo las cosas —las que yo hago— deberían ser hechas. Un compromiso con la fidelidad a mi propio buen mal gusto.
¿Qué te gustaría que las personas sientan, piensen o se pregunten cuando se encuentren con tu obra en la calle?
Quizá es pretencioso pero lo que la creación artística me ha enseñado —y trato de que esté presente en mis obras— es la posibilidad de evocar nuevos mundos. No se trata de los mundos en sí, mejores o peores, diferentes como mínimo. Sino de la posibilidad. Mark Fisher dejó bien escrito que el realismo capitalista en que vivimos es una ideología que hace imposible imaginar una alternativa coherente al régimen en que vivimos. Quizá seamos presos del sistema, pero seguimos siendo libres de fantasear con algo distinto.
Para cerrar, ¿qué opinas de un proyecto como Beneno BCN y de tu participación?
Creo que es esperanzador y estimulante. Cada día estamos más envueltos en las ilusiones visuales de las que es capaz la IA. En un clima de menosprecio del trabajo artesanal o artístico que se está dejando, preocupantemente, en manos de una máquina despersonalizada, se devalúa el esfuerzo creativo que existe a la hora de hacer una pieza. Saber que existe gente que valora a todos los niveles este proceso y que ha decidido crear una plataforma de difusión y resistencia artística contra un modelo de curator alejado de las lógicas de los algoritmos es un alivio muy reconfortante. Gracias Beneno por contar conmigo y todas mis bendiciones para que el proyecto siga adelante, dándose a conocer y conociendo a nuevos artistas. Ha sido un verdadero placer.
